
“Entonces Saúl dijo a Samuel: He pecado; en verdad he quebrantado el mandamiento del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz” 1 Samuel 15:24
Hermanos, reflexionemos sobre este poderoso pasaje hoy. Saúl, el rey ungido de Israel, llega a un punto crítico en su liderazgo, un punto que nos enseña lecciones profundas sobre la obediencia y el temor. Al confesar su pecado ante Samuel, revela la raíz de su desobediencia: "temí al pueblo y escuché su voz." ¿Pero qué significa esto en el contexto de nuestra vida espiritual? La realidad es clara: Saúl priorizó la opinión del pueblo sobre la voz de Dios. Temía las consecuencias que podría enfrentar de parte de sus súbditos más que las que podría enfrentar de Dios mismo. ¡Oh, cuántas veces nosotros también caemos en esa trampa! Tememos desagradar a nuestros colegas, a nuestros amigos, a nuestra familia, más que desagradar al Creador del universo. Este es un grave error, un insulto al carácter de Dios.
Al respecto Dios nos pregunta a través del profeta: “Yo, Yo Soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal, y al hijo del hombre que como hierba es tratado?” (Isaías 51:12-13). Esta pregunta, tan directa, nos recuerda que, en nuestra tendencia a temer a los hombres, realmente olvidamos a Dios, nuestro Hacedor y nuestro Consolador. Cuando permitimos que el temor al hombre nuble nuestra visión, estamos proclamando, aunque no de manera consciente, que el juicio de los hombres es más poderoso que la santidad y el poder de Dios. Al temer a los hombres, negamos la grandeza de Dios. Hermanos, Él es infinitamente más fuerte y más sabio de lo que jamás podríamos imaginar. Su capacidad para bendecir, proteger y proveer supera con creces cualquier consecuencia que el hombre pueda infligir. Por lo tanto, darle la espalda a Dios por temor a lo que un hombre pueda hacer es una ofensa a Su glorioso carácter. ¿Cómo podemos menospreciar sus promesas y Su fidelidad?
Además, cada vez que actuamos por temor y no por fe, el nombre de Dios se deshonra. Sin embargo, cuando nos aferramos a Sus promesas y respondemos con valentía ante las intimidaciones del mundo, Dios es honrado y se complace. Nuestro llamado, como cristianos, es claro: no estamos aquí para impresionar a los hombres, sino para glorificar al Dios que nos ha sacado de las tinieblas y nos ha llevado a Su luz admirable.
Te invito a que hoy reflexiones sobre este desafío. ¿Qué impulsa tus decisiones? ¿El temor a la opinión pública o la certeza de la verdad divina? Si nos llamamos hijos de Dios, debemos tener en cuenta que nuestra lealtad debe estar completamente a Su servicio, sin compromisos con nadie más.
Oración: Glorioso y soberano Dios, manifiesto es que no hay nadie mayor que Tú. Sin embargo, me doy cuenta de lo difícil que es para mí a veces poner Tu voluntad por encima de lo que los hombres esperan de mí. Es tan fácil ceder a la presión del mundo y querer agradar a otros, creyendo que, porque eres bueno, entenderás que debo complacer a las personas, aun a costa de ofenderte. Te pido perdón por cada momento en que he priorizado la opinión humana sobre Tu mandamiento. Ayúdame a no sentir ningún temor al seguirte y al hacer lo que Tú esperas de mí. Que mi vida refleje Tu gloria en cada decisión. Amén.
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Amén 🙏🙏🙏
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